domingo, 10 de enero de 2010

Radioterapia

Iba transcurriendo el tiempo y por tanto, las sesiones de radioterapia; yo, estaba preparado para lo peor, de hecho no me habían quitado la sonda gástrica, por si a partir de la sesión nº 15, comenzaba a tener dificultades para tragar alimentos sólidos y había que recurrir a ella. Yo trataba de hacerme el fuerte y olvidarme que la tenía colocada, pensando siempre que si dejaba de tomar alimentos sólidos podría estrecharse mi esófago y luego tener que volver a pasar por el quirófano, cosa de lo que me habían advertido en su momento. Por eso, con todo el esfuerzo del mundo, trataba de hacer mi vida lo más normal posible.

Es cierto que a partir de esa sesión nº 15 y sobre todo desde la nº 20, la cosa empezó a ser muy dura por esos efectos secundarios que a todos nos advierten de la radioterapia. Mi piel empezó a ponerse roja de manera constante, aunque gracias a la crema que me recetaron y que no cubre la SS, no se me llegó a abrir. –Dejo aquí el nombre por si alguien quiere probarla, se trata de la crema: “Gy-Tex sativa”. – Hay que aplicársela dos veces al día y nunca antes con menos de tres horas de antelación a recibir una nueva sesión de radioterapia.

Fue en la sesión nº 26 en la única que hubo que interrumpir el ciclo de radiaciones, debido a un golpe de tos que me dio que me hacía imposible estar sujeto a pesar de la máscara, así que interrumpieron, estuve como diez minutos tratando de controlar la tos y continuamos. Me parecía inalcanzable a estas alturas la nº 30. Yo ya echaba cuentas, el día 16 de diciembre, martes, era mi última sesión.

Es costumbre en ese hospital tocar una campana que hay a la izquierda de la entrada a radioterapia, como señal de que se había podido con aquello, creo que también da mucho ánimo a todos los pacientes que están pasando por lo mismo. Yo la había oído y aplaudido en muchas ocasiones y me animaba, ya lo creo.

Y por fin… por fin llegó el momento de acabar, eran casi las seis de la tarde cuando salía por aquella puerta por última vez, con mi máscara en la mano, la había pedido como recuerdo, me acompañaban las enfermeras Sara y Tere, las que me tuvieron que aguantar durante todo el tratamiento y que aprovecho, para expresar mi reconocimiento al trato recibido y a la humanidad y profesionalidad con que me trataron y tratan a todos los pacientes.

Después de este emotivo acto, de un minuto de duración, tendría que pasar por la consulta del doctor Viera para que evaluara el estado de la zona radiada y pautara las curas necesarias en el hospital y en mi domicilio, que resultaron ser tres días en el hospital y el resto en casa, realizadas por mi enfermera particular, mi mujer, Sol, que como bien dice su nombre fue un Sol como enfermera y como compañera en la enfermedad.

Por los pelos, justo a tiempo, iba a poder afrontar la Navidad dignamente y sin grandes dolencias.

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