jueves, 28 de enero de 2010

Otra vez el Yodo Radiactivo

Sí, había una “lesión” en el arco costal izquierdo que una vez en el 2008 me había dolido con frecuencia y con intensidad durante dos semanas. En la gammagrafía ósea del 25 de agosto del 2008, se veía perfectamente, aunque no estaba claro si podía ser una lesión de un golpe, o una recidiva del tumor. El caso es que consideraban que había que seguir vigilando, igual que había que vigilar el nódulo del pulmón derecho, así que en mayo, la propuesta de mi endocrino era la de aplicar otra dosis de Yodo Radiactivo, la cuarta, para después hacer el correspondiente rastreo y ver si había actividad o no.

Mi endocrino cuando hace una propuesta así, sabiendo cómo funciona el hospital de referencia, ya ha hecho la oportuna reserva de cama, antes de proponérmelo. La propuesta era ingresar el día 6 de julio, fecha en que me había hecho la reserva y que era suficiente para que me diera tiempo a realizar las otras pruebas programadas para finales de julio antes de afrontar las vacaciones de verano.

No me gustó nada la propuesta, porque era una cuestión que no me había planteado, me había olvidado de ella y pensaba que ya no la iba a necesitar más yodo, así que estuve como un minuto pensándolo, para seguidamente decirle que sí, que si había que hacerlo, pues que adelante, que por mi parte no había ningún problema.

Tenía que apresurarme en mi aprendizaje, había cosas que aún no me atrevía a hacer yo solo, seguramente por comodidad, pero no lo hacía. Y claro, cuando tienes que estar ingresado durante cuatro o cinco días y completamente aislado, o eres autosuficiente, o no tiene remedio. Lo único que me angustiaba un poco, es que tuviera alguna urgencia y no me pudiera comunicar por el interfono o por el teléfono de la habitación. Con prácticas y ensayos en casa para cuando llegó la fecha del ingreso, me consideraba preparado para estar esos días solo, aunque no como para pedir auxilio a viva voz, pero tampoco me angustié demasiado por el tema.

A las 8:00h del día 6 de julio, allí estaba dispuesto a esta nueva dosis. Una vez tomada posesión de la habitación, le dije a mi mujer que ya se podía marchar, que eran las 9:00 h y que de un momento a otro vendrían con la “pastillita”. No habían pasado ni quince minutos cuando apareció la doctora de medicina nuclear encargada de darme la pastilla y aunque tenía experiencia en el asunto, siempre era bueno recordar las normas para cuando llegara. En ese momento caí en la cuenta de que la pastilla era de un tamaño considerable y que de vez en cuando en casa tenía algún problema en tragarme una cápsula de Omeprazol. Lo comenté con la doctora, para que estuviera en alerta, puesto que la pastilla, no era cualquier cosa, sino un elemento radiactivo y no era cuestión de que estuviera dando tumbos por el hospital, sobre todo teniendo en cuenta del protocolo seguido para hacer llegar dicha pastilla a mi habitación.

Sobre las 12:00 h subió con la dosis de Yodo que me correspondía, que ésta vez y por las leyes de la física, me había llegado en dos pastillas en vez de en una como era lo habitual. Un momento de preocupación, me hizo pasar a otro de relajo, para tratar de que aquello pasara a mi estómago sin ningún incidente. Tomé la primera sin problemas y acto seguido continué con la segunda, ante mi asombro y el de la doctora que aquello sucedió con total normalidad. Y a partir de aquí comenzaba mi cuenta atrás para poder salir de allí.

Gracias a un par de libros, mi ordenador portátil y un aparato de radio, el aislamiento, parecía menos aislamiento, aún así, estar metido en una habitación de 16 m2, no creo que tuviera más, es muy duro, no me cansaré de decirlo, es tremendamente duro, sobre todo esta vez que estaba privado del habla y en momentos así el teléfono móvil es una vía de escape al exterior. Pero yo había decidido no pensar en aquello para que no se me hiciera demasiado largo.

Esta vez tuve la suerte de salir el jueves, los niveles de radioactividad habían descendido lo suficiente como para considerar la jefa del departamento de medicina nuclear, que estaba para irme con las oportunas precauciones por mi parte y la de mi familia, para no someter a nadie al riesgo de esa pequeña radiactividad de la que aún era portador.

A la semana siguiente tendría que acudir a medicina nuclear para hacer el rastreo correspondiente del que me darían los resultados por teléfono para que me tomara el verano con tranquilidad. El rastreo había resultado negativo, tan negativo, que incluso la lesión del arco costal izquierdo había desaparecido. Y en cuanto al nódulo del pulmón derecho, no había captación de Yodo, por lo que se descartaba que fuera cancerígeno. No cabe duda de que eran unas noticias excelentes.


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