martes, 19 de enero de 2010

Luchando contra todo

Había pasado mucho tiempo desde mi operación, desde que me quedé sin voz. Además de todas las secuelas físicas que iba superando día a día y, como añadido también tenía el linfedema. Esto último, sobre todo es muy pesado. Muy pesado por el tiempo que tienes que dedicarle a cuidarlo, para que vaya remitiendo lentamente, pero como iba viendo resultados, yo tenía toda la paciencia del mundo y sobre todo el tiempo del mundo para superar aquello.

Es fácil, si no caer en una depresión, sí caer en un estado depresivo en estas circunstancias, por eso yo tenía claro que tenía que ser fuerte y sobreponerme a las circunstancias y sobre todo pensar en aquella ley de Murphy que dice que: “Cualquier situación por muy mala que sea, siempre es susceptible de empeorar”. Es mi cita favorita cuando pretendo ser optimista. Y siendo realista es así. Hubiera podido estar peor, e incluso podía haber muerto, como me diagnosticaron aquel fatídico 4 de Agosto de 2008, claro está que estaba aquí y que tenía la oportunidad de luchar, por tanto era lo que tenía que hacer.

Conforme pasaba el tiempo, las sesiones de DLM iban haciendo su efecto y mi aspecto iba siendo, si no normal, pero mucho menos llamativo que al principio. Recuerdo que un día en una gasolinera al hacer el pago del combustible, la chica que me atendió, se quedó totalmente sorprendida al ver mi cara de cerca. Dejo aquí la imagen de la evolución.

Con el habla sin embargo, mi rehabilitación iba muy lenta, seguramente debido al linfedema, me resultaba casi imposible manejar la mandíbula inferior y la lengua. Los tenía tensos y duros como una piedra y era imposible manejarlos. Aquí no había otra que la de la tenacidad, practicar, practicar y practicar, a pesar de los fracasos que eran a diario. Había días que me rebelaba ante mí mismo, sentía ganas de gritar de romper cosas, pero lograba siempre sobreponerme con más o menos dificultad.

Y hablando de gritar, supongo que sabréis que es lo que se siente cuando a uno le cae un peso pesado en un dedo del pié. En mi caso, me cayó el ordenador portátil y de canto en el dedo pulgar del pié derecho. ¿Os imagináis? Y sin poder gritar, con lo que alivian unos gritos y unos tacos, después de tan semejante accidente. Aquí os dejo una fotografía para que os hagáis una idea.

¡Qué!... sin comentarios, no. Je je.

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