jueves, 22 de octubre de 2009

Por fin en casa

Lo de volver a casa, si que fue como conseguir el sueño inalcanzable. Antes de la operación, el otorrino preveía una semana de hospitalización, que una vez operado, inmediatamente, convirtió en dos semanas y a causa de una fístula faríngea pasaron a ser tres. Por lo visto lo de la fístula es muy habitual, es muy fácil que se abra y difícil para cerrarse, también es muy difícil que un otorrino dé el alta hospitalaria sin haberse cerrado completamente, por el riesgo a que pase líquido, (agua, saliva, etc.) al pulmón y produzca una neumonía. Ya me ocurrió en febrero en la anterior operación y se pasa francamente mal.

Efectivamente a las tres semanas de la operación, la fístula se había cerrado y el otorrino consideró que me podía enviar a casa. Yo lo estaba deseando, se me estaba haciendo demasiado largo y me apetecía llegar a casa, dormir en mi cama, descansar en mi sofá y sobre todo, estar con mi “Lolita”.

No he hablado de ella, “Lolita” es mi perrita, una yorkshire toy de 2 kg., que sabía perfectamente que estaba muy malito y que había estado pendiente de su amo, a todas horas antes de la operación. Casi le da un infarto cuando me vio llegar después de tanto tiempo, no sabía cómo celebrarlo, aunque pasado el arrebato de la sorpresa, vino lo peor para ella. Su amo no le hablaba, no le decía absolutamente nada. Os confieso que era para verla, intentaba todo para arrancarme una palabra. Palabra que me era imposible de pronunciar como ya he comentado. Solo pasaron tres días y ya se había acostumbrado al silencio de su amo, había aprendido todas las señas que le hacía y sobre todo el sonido único que podía emitir uniendo los labios y absorbiendo aire. Ese sonido difícilmente audible desde la distancia, ella lo escuchaba y a mí me tranquilizaba, pues me habían proveído mis hijos de una campanilla de mano, por si tenía que llamar, sin embargo cuando no tenía a mano la campanilla, llamando a “Lola” estaba salvado. Acudía rápidamente a la llamada de su amo y a una señal de mi mano, ladraba buscando a mi mujer o a mi hija.

Mi Lolita.
No había terminado, ni mucho menos la atención médica ni todo el tratamiento contra ese cáncer de laringe, pero el estar en casa me iba bastante bien, recuperaba fuerzas y apetito más rápido que en el hospital. Seguramente el efecto psicológico, aquí tendrá mucho que ver, pero es así.