lunes, 21 de septiembre de 2009

Despertar a mi nueva vida

Había vivido ya en tres ocasiones anteriores el despertar de la anestesia, sin embargo ésta merece la pena comentarla, porque fue especial.

Me habían advertido de mi nueva forma de respirar después de la extirpación de la laringe. Me había concienciado todo lo posible, de que no hablaría, de que no respiraría lo mismo, de que mi olfato no funcionaría y sobre todo y lo más importante, de que no tendría marcha atrás.

Entré en el quirófano muy tranquilo, consciente de que seguir viviendo, dependía únicamente de la laringectomía total. Mi primera impresión fue muy agradable, al hacer comparación del quirófano que conocía con éste otro desconocido para mí, parecía que entraba en una sala de la “NASA” y yo que soy un “chico tecnológico”, ya me agradó bastante.

Uno de los otorrinos me comentó que primero me iban a hacer la traqueotomía con anestesia local y seguidamente me dormirían para seguir con la laringectomía. Al tercer corte, levanté la mano, no tanto por el dolor, sino por el miedo a los cortes que sentía que me hacían. Me durmieron del todo y no recuerdo nada más.

No tenía ni idea del tiempo que había transcurrido, supe varios días después que la operación duró siete horas y que tardé cuatro horas más en despertar. Ese despertar, sí que lo recuerdo de manera especial.

Yo estaba en la UCI del hospital. No sabía si estaba vivo o muerto, tenía una sensación de paz y tranquilidad como nunca había sentido. Estaba oscuro y no veía nada a mi alrededor. Recuerdo especialmente que no respiraba; no, yo no hacía ningún movimiento de inspiración y expiración, sin embargo sentía que mis pulmones se hinchaban. Ahora quise hacer una expiración profunda y fue cuando sonó una alarma, era suave, como un leve toque de gong. Entonces oigo: “el de la siete se está despertando, desconectar el respirador”, supe entonces que el de la siete era yo y que estaba conectado aún a un respirador artificial. Vino enseguida una enfermera, me desconectó una goma que iba a parar a mi cuello y empecé a sentir que podía respirar incluso mejor que antes de la operación, pero yo seguía muy tranquilo aunque impaciente por comprobar si iba a poder hablar o no. La única manera de comprobarlo era intentar hablar, para ver qué ocurría. Decidí preguntar la hora, para ver cómo me oía y así si me escuchaba alguien más, disimularía.

Efectivamente cuando pronuncié la frase “¿Qué hora es?”, nadie volvió la cabeza para responderme. Yo mismo, sólo escuché un chorro de aire salir del estoma de mi cuello, sin sonido que pudiera llamar la atención de alguien. Ese momento… ¡Dios!. Es indescriptible.

Era el momento de reanudar la lucha contra el cáncer y emprender la lucha por la comunicación.

A la mañana siguiente, cuando salí de la UCI, todo mi empeño estaba en levantarme e ir a ver mi aspecto delante del espejo del baño, no me lo permitieron, hasta pasadas otras 24 horas. Confieso que me acordaba de aquel anuncio antiguo que había de un producto llamado “Netol” en el que se veía el dibujo de un señor con los carrillos muy dilatados, pues así estaba yo, intentaba acostumbrarme a esta nueva imagen mía, pero era imposible, me daba pánico verme así, supongo por temor a las consecuencias o al porqué de aquella inflamación. El estoma (agujero en el cuello) me lo veía con la cánula puesta y todo el vendaje que lo rodeaba, no me daba tanto miedo. Y sobre todo, y lo peor de todo es que nadie me podía oír, mi lenguaje era a base de señas y un intento fallido de pronunciar palabras que se quedaban en un potente soplido de aire expulsado por el estoma.

Me agobiaba cuando sentía que se me acumulaban flemas pensando sólo en que éstas podían acabar con mi vida, inmediatamente pedía la intervención de las enfermeras para que aspiraran esas molestas flemas y me permitieran sentir la sensación de “vía libre” en mi sistema respiratorio.

Pasaron dos días, cuando decidió mi otorrino que era el momento de empezar a tomar alimento. Había salido del quirófano con una sonda gasogástrica puesta para descartar problemas posteriores con otro tipo de sonda, creo que fue un acierto por parte del otorrino. Así que empezaron a suministrarme, primero algunos caldos para después pasar a un batido alimenticio recomendado por el endocrino y que me hacía poco a poco recuperar fuerzas, aunque necesité incluso una transfusión sanguínea.

Pasaban los largos días y me iba haciendo a la idea de mi carencia de voz, me suministraron una pizarra que utilizaba para suplir esa carencia de voz, por frases escritas.

Iban pasando los días y yo, sacando fuerzas como podía, obligándome a andar del brazo de mi mujer por los pasillos del hospital hasta llegar al oratorio. A la vez de insoportable el dolor, era curioso para mí. No me dolían las piernas al andar, me dolían los hombros y la espalda, pero tanto, que se hacía verdaderamente insoportable.