lunes, 3 de agosto de 2009

Y pasaron diez días… y quince… y más.

A duras penas y sin notar una mejoría, pasaba el tiempo muy lentamente, pero así como el que no quiere la cosa, ya habían pasado diez días desde la operación primera. Mis venas estaban cada vez peor, ya había pocas zonas donde me pudieran pinchar. Cada vez que me tenían que cambiar la vía para la alimentación, era un verdadero problema, además de que era mucho tiempo alimentándome por vía venosa. Así que había llegado el momento de cambiar de alimentación, por tanto había que introducir una sonda naso gástrica hasta el estómago por la que me alimentaría en lo sucesivo.

Otra terrible experiencia para mi, era la primera vez que me ponían este tipo de sonda y lo pasé francamente mal, esto unido a que seguía con mi tos provocada por la fístula faríngea y que mis drenajes en el cuello seguían abiertos y drenando un pus exagerado, síntoma inequívoco de que la infección seguía sin remitir y por tanto las posibilidades de que la fístula cerrara, muy escasas.

Yo me encontraba cada día más cansado, no paraba de toser en todo el día ni en toda la noche, no dormía apenas. Me pasaba los días esperando mejorar algo más que el día anterior y por supuesto ni me planteaba irme a mi casa, ya me había comentado el cirujano, que con la fístula no me iban a dar el alta, que había que esperar a que se cerrara. Incluso me envió al otorrino, para conocer su opinión. No he comentado que en este hospital, el tiroides, no lo opera el otorrino, como por lo visto es lo habitual, no sé por qué, pero el caso es que no. Y claro, cuando me vio el otorrino, se llevó las manos a la cabeza al ver el estado y la magnitud de la fístula. Pero ya saben, por no criticar el trabajo de otro colega; nada, salvo que reconocer que la faena ya estaba hecha y que ahora era cuestión de tiempo, de no se sabe cuánto tiempo, pero mucho tiempo, digo mucho, porque en mi estado, sin parar de toser, se hacía muy largo y cualquier espacio de tiempo, me parecía una eternidad, aunque ya me hablaban de un mes más.

Pasaban los días y llegó un momento en que no podía más. Un día sobre las cuatro de la madrugada, cansado, abatido, de tanto toser y sin poder dormir. Sin poder entender que a principios del siglo XXI, mis compañeros inseparables tuvieran que ser por necesidad imperiosa una bolsa de plástico y un rollo de papel higiénico. Decidí que ya no aguantaba más y que me quería marchar, sin saber a dónde, pero quería salir de allí. Al no poder tragarme mi propia saliva, tenía que escupirla en el papel higiénico, y éste tirarlo en una bolsa de plástico y como el asunto era bastante frecuente, los tenía que tener conmigo a todas horas.

De ésta enfermera, si que diré su nombre: Maribel, estaba en el turno de noche y siempre vigilante a cualquier necesidad del enfermo, por su comportamiento, su actitud, su forma de hablar, es a eso, lo que decimos en lenguaje popular, que una persona tiene “ángel”, pues ella lo tenía. Me convenció que tenía que seguir allí, luchando por vivir. También lo siento por Antonio, mi compañero de habitación, al que le di unas noches poco deseables. La verdad es que me resultó muy duro. Al cabo del año, sin embargo, descubriría, que yo llevaba razón y que existe un espesante de la saliva, que a su vez evita que se salive tanto, esto me hubiera evitado estar tanto tiempo escupiendo sobre el papel higiénico, pero esto lo contaré en el capítulo correspondiente.

A duras penas llegué al uno de Marzo, que a pesar de ser sábado y puesto que ya estaba harto de estar en el hospital y aunque mi fístula no se había cerrado, mi cirujano se convenció que sería mejor estar en mi casa. Podría toser a gusto, medicarme igual de disciplinado, o más y por supuesto alimentarme con el preparado que me estaba alimentando y que podía conseguir en farmacias para inyectármelo por la sonda naso gástrica. Sin olvidar la cura diaria de los drenajes del cuello que aún tenía y que no me podían cerrar hasta el cierre de la famosa fístula. Así al final me dio el alta ese mismo sábado.

Me parecía mentira volver de nuevo a mi casa, no tenía esa sensación de estar curado, pero sí la de poder llevar mejor esa carga en mi hogar, junto a mi perrita “Lola”, de la que también hablaré de ella en su momento, porque por supuesto que ha sido una pieza clave en mi recuperación.

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