domingo, 2 de agosto de 2009

Entrar en el quirófano por segunda y por tercera vez.

Para alguien que no ha estado enfermo nunca, entrar en el quirófano por segunda vez acojona; sí, permítanme la vulgaridad, pero es la verdad. Pensar que te tienen que abrir de nuevo una zona tan delicada como el cuello, acojona bastante. Yo creo que no se piensa en la muerte, aunque en mi caso, francamente pensaba que de esa no salía. Mi reflexión era la siguiente: Si me tengo que morir, me moriré y contra morirme no puedo hacer nada, que no me permitan sufrir y punto. Creo que esto me ayudaba bastante a afrontar este momento tan difícil.

Ya en el quirófano y antes de que te duerman, lo que se siente es mucho frío, no sé porqué la temperatura de los quirófanos tiene que ser tan baja, te mueres de frío. Te hacen alguna pregunta tonta y antes de que te hayas dado cuenta, ya estás dormido.

Como si apenas hubiera pasado tiempo, me despierto un poco desorientado, pero enseguida empiezo a toser, cada vez toso con más fuerza; tanta, que me da miedo por si se me suelta algún punto. Se me acerca un médico y me dice que es el jefe de la UCI, que no entiende por qué toso tanto y que me va a dar algo para calmarme la tos. Me coloca una mascarilla con aerosol y toso más, me siento fatal, no encuentro la forma de calmar esa tos tan molesta. No recuerdo exactamente cuántas horas estuve en la UCI, lo que sí recuerdo es que no paraba de toser y no sabía por qué.

Me llevé otra sorpresa cuando me llevaron a la habitación, mi cama era la tercera; sí, como lo cuento, parece mentira, pero me habían llevado a una habitación de tres camas. Para más inri, mi cama estaba junto a la ventana; ventana que no se podía cerrar, debajo de esa ventana, un radiador al máximo, toda la temperatura posible que pueda dar un radiador, éste la daba y no se podía regular ni cerrar. A la media hora de estar en semejante sitio; lo predije, aquí cojo una pulmonía. Mi tos seguía sin clamarse, alimentado por vía venosa, como manda el protocolo, con buen aspecto, hasta que pasado el segundo día, notaba que yo empeoraba. La bolsa de drenaje que tenía bajo la herida del cuello empezaba a oler a “demonios”.

Mi ventana seguía sin poder cerrarse, (era el mes de febrero y la temperatura exterior era de 12/14º C), mi radiador sin poder regularse, todo el día calentando a más no poder. Los dos enfermos restantes con sus acompañantes y con sus visitas correspondientes, abriendo y cerrando la puerta, yo debajo de la ventana, hasta que efectivamente al quinto día de la operación; bingo, una enfermera, por fin me escucha, empiezo a tener fiebre y el bolsa del drenaje olía a podrido. Era sábado por la tarde, subió la doctora de guardia, excelente por cierto y planeó llevarme a quirófano en cuanto tuviera un hueco, sería a partir de las 12 de la noche. A esa hora, nuevamente al quirófano, abrir nuevamente la herida, limpiar y drenar todo para evitar una infección mayor, coser de nuevo, unas horas en la UCI y a planta. El mejor recuerdo que tengo al despertar de esta operación, es lo bien que respiraba, yo seguía con mi tos incesantemente, pero en ese despertar, tosía bastante menos y respiraba mucho mejor. También al subirme a planta, fueron más sensatos y me metieron en una habitación de dos camas. El lunes siguiente, cuando vino mi cirujano a verme, fue informado de la nueva intervención y del cambio de habitación. Y como la tos no remitía, sino que, al contrario empeoraba, fue entonces cuando yo fui informado de que al limpiarme la zona afectada del tumor, me había hecho una fístula faríngea, esto hacía que se comunicara la faringe con la tráquea, por tanto era la causa de la tos, mi propia saliva, me producía la tos y por supuesto no podía beber nada; ni agua. Cuanto menos líquido tragara, menos tosería. ¡Qué fácil!.


Nota:


Omito detalles y nombres tanto del hospital como de los doctores y personal sanitario que me atendieron, a propósito. La pretensión de esta historia no es la denuncia, sino la divulgación de mi experiencia personal frente a la enfermedad y sus complicaciones.

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