sábado, 8 de agosto de 2009

El peor de los diagnósticos

Había esperado con ansiedad, la llegada del lunes 4 de agosto, fuimos por la mañana a la clínica a recoger los resultados de las resonancia y el PET-TAC, leímos los informes y vimos las imágenes, pero el lenguaje era muy técnico y sobre todo sutil para que cualquier profano en la materia no sospechara nada. Decía lo que decía, pero interpretarlo era difícil, mucho menos las imágenes, cortes horizontales blancos y negros, pero nada más. Así que por la tarde, ya en la consulta del otorrino. Confieso que se me vino el mundo abajo, quizá fue muy bruto interpretando los informes. Pero él tenía claro que yo quería saber todo y sobre todo, la verdad. Y sí, fue claro y contundente. “Tenía una recidiva del tumor y me había invadido la laringe, la invasión era tal, que no se podía hacer nada, me quedaban entre 15 y 30 días de vida”.

Me encontraba con mi tiempo agotado, no me daba tiempo a despedirme de la gente, no tenía tiempo para nada, quince días no son nada.

No sé como describir aquellos momentos, pero mi conciencia me decía que tenía que tener otra oportunidad, que no podía terminarse todo así, de repente. No dijimos nada a nadie y comenzamos una peregrinación. Primero con mi otorrino, que me había visto solo en un par de ocasiones durante todo mi proceso, pero que más o menos se conocía mi historia. Éste ya no fue tan drástico y lo primero que dijo es que había que asegurarse de se trataba de una recidiva del tumor. Su propuesta fue meterme en el quirófano, sacar una muestra, para hacer la biopsia y hacer también la traqueotomía, por si la biopsia daba positiva y caso de ser así, hacer una laringectomía, total o parcial, dependiendo de la invasión. Pero resultó que al marcar los tiempos, él iba a estar de permiso por paternidad y si había que hacer la laringectomía, me la haría un miembro de su equipo.

Mi experiencia en este hospital, ya la he contado y no estaba para experimentos, así que decidí buscar otras opciones a través de la medicina privada. No tenía ningún seguro privado, pero mi vida estaba en peligro y tenía que intentar salvarla. Tenía claro que no iba a volver tampoco al bruto del otorrino que me acortó tanto mi vida.

Busqué tres oncólogos de prestigio en diferentes provincias españolas, los tres diagnósticos coincidieron. Mi laringe no tenía salvación, pero mi vida sí. Entre morirse y quedarse sin habla, siempre es mejor opción la segunda y aún siendo mala, era mucho mejor que la primera.

Ahora solo había que decidirse por el hospital más adecuado y que me pudieran hacer la laringectomía cuanto antes. Uno, aquí en Madrid, me propuso la fecha del 15 de septiembre, lunes, a tan solo una semana del diagnóstico. Yo no sé si estaba preparado o no, solo sé que quería quitarme de encima el cáncer que de nuevo me estaba minando. Acepté la propuesta del 15 de septiembre para someterme a la laringectomía total y aunque advertido, creo que inconsciente del cambio que daría mi vida. Me transmitía mucha confianza este otorrino y decidí ponerme en sus manos.

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