jueves, 22 de octubre de 2009

Por fin en casa

Lo de volver a casa, si que fue como conseguir el sueño inalcanzable. Antes de la operación, el otorrino preveía una semana de hospitalización, que una vez operado, inmediatamente, convirtió en dos semanas y a causa de una fístula faríngea pasaron a ser tres. Por lo visto lo de la fístula es muy habitual, es muy fácil que se abra y difícil para cerrarse, también es muy difícil que un otorrino dé el alta hospitalaria sin haberse cerrado completamente, por el riesgo a que pase líquido, (agua, saliva, etc.) al pulmón y produzca una neumonía. Ya me ocurrió en febrero en la anterior operación y se pasa francamente mal.

Efectivamente a las tres semanas de la operación, la fístula se había cerrado y el otorrino consideró que me podía enviar a casa. Yo lo estaba deseando, se me estaba haciendo demasiado largo y me apetecía llegar a casa, dormir en mi cama, descansar en mi sofá y sobre todo, estar con mi “Lolita”.

No he hablado de ella, “Lolita” es mi perrita, una yorkshire toy de 2 kg., que sabía perfectamente que estaba muy malito y que había estado pendiente de su amo, a todas horas antes de la operación. Casi le da un infarto cuando me vio llegar después de tanto tiempo, no sabía cómo celebrarlo, aunque pasado el arrebato de la sorpresa, vino lo peor para ella. Su amo no le hablaba, no le decía absolutamente nada. Os confieso que era para verla, intentaba todo para arrancarme una palabra. Palabra que me era imposible de pronunciar como ya he comentado. Solo pasaron tres días y ya se había acostumbrado al silencio de su amo, había aprendido todas las señas que le hacía y sobre todo el sonido único que podía emitir uniendo los labios y absorbiendo aire. Ese sonido difícilmente audible desde la distancia, ella lo escuchaba y a mí me tranquilizaba, pues me habían proveído mis hijos de una campanilla de mano, por si tenía que llamar, sin embargo cuando no tenía a mano la campanilla, llamando a “Lola” estaba salvado. Acudía rápidamente a la llamada de su amo y a una señal de mi mano, ladraba buscando a mi mujer o a mi hija.

Mi Lolita.
No había terminado, ni mucho menos la atención médica ni todo el tratamiento contra ese cáncer de laringe, pero el estar en casa me iba bastante bien, recuperaba fuerzas y apetito más rápido que en el hospital. Seguramente el efecto psicológico, aquí tendrá mucho que ver, pero es así.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Despertar a mi nueva vida

Había vivido ya en tres ocasiones anteriores el despertar de la anestesia, sin embargo ésta merece la pena comentarla, porque fue especial.

Me habían advertido de mi nueva forma de respirar después de la extirpación de la laringe. Me había concienciado todo lo posible, de que no hablaría, de que no respiraría lo mismo, de que mi olfato no funcionaría y sobre todo y lo más importante, de que no tendría marcha atrás.

Entré en el quirófano muy tranquilo, consciente de que seguir viviendo, dependía únicamente de la laringectomía total. Mi primera impresión fue muy agradable, al hacer comparación del quirófano que conocía con éste otro desconocido para mí, parecía que entraba en una sala de la “NASA” y yo que soy un “chico tecnológico”, ya me agradó bastante.

Uno de los otorrinos me comentó que primero me iban a hacer la traqueotomía con anestesia local y seguidamente me dormirían para seguir con la laringectomía. Al tercer corte, levanté la mano, no tanto por el dolor, sino por el miedo a los cortes que sentía que me hacían. Me durmieron del todo y no recuerdo nada más.

No tenía ni idea del tiempo que había transcurrido, supe varios días después que la operación duró siete horas y que tardé cuatro horas más en despertar. Ese despertar, sí que lo recuerdo de manera especial.

Yo estaba en la UCI del hospital. No sabía si estaba vivo o muerto, tenía una sensación de paz y tranquilidad como nunca había sentido. Estaba oscuro y no veía nada a mi alrededor. Recuerdo especialmente que no respiraba; no, yo no hacía ningún movimiento de inspiración y expiración, sin embargo sentía que mis pulmones se hinchaban. Ahora quise hacer una expiración profunda y fue cuando sonó una alarma, era suave, como un leve toque de gong. Entonces oigo: “el de la siete se está despertando, desconectar el respirador”, supe entonces que el de la siete era yo y que estaba conectado aún a un respirador artificial. Vino enseguida una enfermera, me desconectó una goma que iba a parar a mi cuello y empecé a sentir que podía respirar incluso mejor que antes de la operación, pero yo seguía muy tranquilo aunque impaciente por comprobar si iba a poder hablar o no. La única manera de comprobarlo era intentar hablar, para ver qué ocurría. Decidí preguntar la hora, para ver cómo me oía y así si me escuchaba alguien más, disimularía.

Efectivamente cuando pronuncié la frase “¿Qué hora es?”, nadie volvió la cabeza para responderme. Yo mismo, sólo escuché un chorro de aire salir del estoma de mi cuello, sin sonido que pudiera llamar la atención de alguien. Ese momento… ¡Dios!. Es indescriptible.

Era el momento de reanudar la lucha contra el cáncer y emprender la lucha por la comunicación.

A la mañana siguiente, cuando salí de la UCI, todo mi empeño estaba en levantarme e ir a ver mi aspecto delante del espejo del baño, no me lo permitieron, hasta pasadas otras 24 horas. Confieso que me acordaba de aquel anuncio antiguo que había de un producto llamado “Netol” en el que se veía el dibujo de un señor con los carrillos muy dilatados, pues así estaba yo, intentaba acostumbrarme a esta nueva imagen mía, pero era imposible, me daba pánico verme así, supongo por temor a las consecuencias o al porqué de aquella inflamación. El estoma (agujero en el cuello) me lo veía con la cánula puesta y todo el vendaje que lo rodeaba, no me daba tanto miedo. Y sobre todo, y lo peor de todo es que nadie me podía oír, mi lenguaje era a base de señas y un intento fallido de pronunciar palabras que se quedaban en un potente soplido de aire expulsado por el estoma.

Me agobiaba cuando sentía que se me acumulaban flemas pensando sólo en que éstas podían acabar con mi vida, inmediatamente pedía la intervención de las enfermeras para que aspiraran esas molestas flemas y me permitieran sentir la sensación de “vía libre” en mi sistema respiratorio.

Pasaron dos días, cuando decidió mi otorrino que era el momento de empezar a tomar alimento. Había salido del quirófano con una sonda gasogástrica puesta para descartar problemas posteriores con otro tipo de sonda, creo que fue un acierto por parte del otorrino. Así que empezaron a suministrarme, primero algunos caldos para después pasar a un batido alimenticio recomendado por el endocrino y que me hacía poco a poco recuperar fuerzas, aunque necesité incluso una transfusión sanguínea.

Pasaban los largos días y me iba haciendo a la idea de mi carencia de voz, me suministraron una pizarra que utilizaba para suplir esa carencia de voz, por frases escritas.

Iban pasando los días y yo, sacando fuerzas como podía, obligándome a andar del brazo de mi mujer por los pasillos del hospital hasta llegar al oratorio. A la vez de insoportable el dolor, era curioso para mí. No me dolían las piernas al andar, me dolían los hombros y la espalda, pero tanto, que se hacía verdaderamente insoportable.

sábado, 8 de agosto de 2009

El peor de los diagnósticos

Había esperado con ansiedad, la llegada del lunes 4 de agosto, fuimos por la mañana a la clínica a recoger los resultados de las resonancia y el PET-TAC, leímos los informes y vimos las imágenes, pero el lenguaje era muy técnico y sobre todo sutil para que cualquier profano en la materia no sospechara nada. Decía lo que decía, pero interpretarlo era difícil, mucho menos las imágenes, cortes horizontales blancos y negros, pero nada más. Así que por la tarde, ya en la consulta del otorrino. Confieso que se me vino el mundo abajo, quizá fue muy bruto interpretando los informes. Pero él tenía claro que yo quería saber todo y sobre todo, la verdad. Y sí, fue claro y contundente. “Tenía una recidiva del tumor y me había invadido la laringe, la invasión era tal, que no se podía hacer nada, me quedaban entre 15 y 30 días de vida”.

Me encontraba con mi tiempo agotado, no me daba tiempo a despedirme de la gente, no tenía tiempo para nada, quince días no son nada.

No sé como describir aquellos momentos, pero mi conciencia me decía que tenía que tener otra oportunidad, que no podía terminarse todo así, de repente. No dijimos nada a nadie y comenzamos una peregrinación. Primero con mi otorrino, que me había visto solo en un par de ocasiones durante todo mi proceso, pero que más o menos se conocía mi historia. Éste ya no fue tan drástico y lo primero que dijo es que había que asegurarse de se trataba de una recidiva del tumor. Su propuesta fue meterme en el quirófano, sacar una muestra, para hacer la biopsia y hacer también la traqueotomía, por si la biopsia daba positiva y caso de ser así, hacer una laringectomía, total o parcial, dependiendo de la invasión. Pero resultó que al marcar los tiempos, él iba a estar de permiso por paternidad y si había que hacer la laringectomía, me la haría un miembro de su equipo.

Mi experiencia en este hospital, ya la he contado y no estaba para experimentos, así que decidí buscar otras opciones a través de la medicina privada. No tenía ningún seguro privado, pero mi vida estaba en peligro y tenía que intentar salvarla. Tenía claro que no iba a volver tampoco al bruto del otorrino que me acortó tanto mi vida.

Busqué tres oncólogos de prestigio en diferentes provincias españolas, los tres diagnósticos coincidieron. Mi laringe no tenía salvación, pero mi vida sí. Entre morirse y quedarse sin habla, siempre es mejor opción la segunda y aún siendo mala, era mucho mejor que la primera.

Ahora solo había que decidirse por el hospital más adecuado y que me pudieran hacer la laringectomía cuanto antes. Uno, aquí en Madrid, me propuso la fecha del 15 de septiembre, lunes, a tan solo una semana del diagnóstico. Yo no sé si estaba preparado o no, solo sé que quería quitarme de encima el cáncer que de nuevo me estaba minando. Acepté la propuesta del 15 de septiembre para someterme a la laringectomía total y aunque advertido, creo que inconsciente del cambio que daría mi vida. Me transmitía mucha confianza este otorrino y decidí ponerme en sus manos.

Quería sentirme bien.

Habían sido tantos los meses que había estado desconectado del trabajo a la fuerza, que quería sentirme bien, tenía unas ganas enormes de trabajar y os prometo que trabajaba muy duro. Me encontraba con la mente muy despejada y con una enorme fuerza, aunque; sí, muy vagamente, notaba una sensación de somnolencia en algunos momentos que me exasperaba. No le daba importancia y seguía adelante, combinando el trabajo con las clases de logopeda que además me venían muy bien.

A finales de junio tenía revisión con mi endocrino, le conté cómo me encontraba y por una vez, en el transcurso de mi enfermedad, lo vi optimista. Así, que me dio el verano libre y me puso la próxima revisión para septiembre, eso sí, con una ecografía del cuello.

Como yo me sentía cada vez mejor y quería olvidarme cuanto antes de mi enfermedad y sobre todo, de todo lo pasado, organizamos, Sol (mi mujer) y yo, una cena familiar en Guadix, mi pueblo, para celebrar “mi vuelta a la vida”, era principio de julio, disfruté mucho aquella cena. Casi toda la familia del pueblo estuvo presente, me dedicaron unas palabras que me emocionaron. En definitiva pasamos un rato agradable, que era de lo que se trataba.

No había hecho planes de vacaciones, a pesar de lo que nos gusta viajar. Es como si lo hubiese visto venir. A finales de julio tenía dolor y molestias en la garganta como antes no tenía. También he de insistir en que yo no estaba controlado por un otorrino.

Una noche para combatir esas molestias, me tomé una cucharada de miel y casi me asfixio. Mi mujer tuvo que llamar al 112, porque no podía respirar, sólo tardaron siete minutos en llegar, pero se me hicieron eternos. Nadie en urgencias supo darme una explicación a lo que había pasado, se me pasó de camino al hospital y allí no me vieron nada. Lo comenté con mi logopeda y me recomendó que visitara a un otorrino privado de prestigio que ella conocía y que podía llamar para que me hiciera un hueco, con el fin de tener una segunda opinión. Así lo hicimos, le llamó y me hizo un hueco para verme el mismo día 28 de julio, que era lunes.

Ya en su consulta, le conté todo el historial, me reconoció y me envió a hacerme un PET-TAC y una resonancia en el cuello para tener un diagnóstico más acertado. Fui a la clínica indicada por él y me dieron cita para el 31 de julio, para hacerme ambas cosas. Acudí el 31 como acordado y quedaron el darme los resultados el lunes día 4 por la mañana, así el mismo día 4 por la tarde me podría ver el otorrino y tener rápidamente un diagnóstico.

viernes, 7 de agosto de 2009

Un cambio importante en mi voz.

Por no querer perder detalle en la cronología de mi enfermedad, he omitido un detalle muy importante y que supuso un gran cambio en mi forma de hablar.

Aunque había sido advertido de que el nervio recurrente me lo tocarían y que una cuerda vocal quedaría paralizada. Nunca pensé que el cambio en la voz sería tan brusco, aún así y pensando en lo peor grabé un vídeo el fin de semana antes de la operación para tener un recuerdo de mi primera voz.

El cambio había sido muy importante, ahora hablaba con una ronquera propia y sobre todo necesitaba mucho más aire, para que la cuerda vocal que quedaba intacta, rozara con la paralizada para producir sonido. Esto a su vez me producía picor en la garganta y este picor, de nuevo tos. Al margen del tono que me había quedado, que era más bien bajo y sin poder levantar la voz. Parte de mi trabajo se desarrollaba en ambientes ruidosos y temía volver, solo por la dificultad que iba a tener para hablar en esos ambientes.

Me aconsejó mi cirujano ponerme en manos de un logopeda, para hacer un programa de ejercicios de recuperación.

Una vez acabado el aislamiento en el hospital y la semana de precauciones en casa, por el Yodo Radiactivo, empecé a ir a un gabinete de logopedia tres veces en semana, lo que veía que me venía muy bien.

Poco a poco pasaba el mes de Abril sin muchos cambios, que digamos, el rastreo del 17, mis clases de logopeda y mi abstinencia de alimentos por boca. A medida que pasaba el tiempo mi síndrome de abstinencia se elevaba, recuerdo con qué ganas miraba un vaso de agua, de cerveza, o un huevo frito. Pero por la experiencia vivida, yo tenía que ser fuerte y abstenerme, aunque el tiempo pasaba demasiado de prisa y mi plazo se agotaba.

Sí, me había puesto mi propio plazo, de nuevo el trabajo me llamaba, de nuevo había una feria profesional, pero esta vez en Alemania y si la local del 2007 no había querido perdérmela, ésta, mucho menos, por ser mucho más importante. Comenzaba a finales de mayo, y yo necesitaba estar para esas fechas comiendo alimentos sólidos por boca, sin sonda, para poder estar “tranquilamente” las tres semanas en Alemania, (dos de la feria y una para los desplazamientos de ida y vuelta). La última semana de abril, consideré que ya debía de ir probando tomar cosas. Empecé primero con el agua, el primer vaso, no podría decir si me fue bien o mal, solo recuerdo que estaba buenísima y que me bebí el vaso del tirón. Seguí al tiempo con el yogurt y a los tres días de tomar ambas cosas viendo que no ocurría nada, seguí con guisos triturados, que por cierto no saben igual que al natural, pero que a mí me servían para ir tanteando a mi fístula.

Por supuesto que de mis progresos iba informando semanalmente a mi cirujano, a quien debía de asistir para el control de los drenajes, que aún seguían abiertos. No me los iba a dejar cerrar hasta estar seguros del cierre de mi fístula. El caso es que viendo que no había problema a las dos semanas de estar comiendo sin que hubiera signos de ningún tipo, decidió dejarlos cerrar, con lo cual mi tempo se iba cumpliendo justo para estar listo para la feria.

Solo faltaban dos semanas y ahora mi objetivo era, la retirada de la sonda gástrica, con ella no me iban a dejar ir a Alemania, mi cirujano ya sabía mi intención de marcharme y supongo que con tal de quitarse un problema de encima, él estaba de acuerdo y me echó una mano a que la Dra de digestivo me retirara la sonda el jueves 22, cuando yo me marchaba el lunes 26. Felizmente mi objetivo lo había conseguido.

Tres compañeros iniciamos el viaje desde Madrid hacia Dusseldorf, en coche; sí, también por razones de logística, debíamos marchar en coche haciendo el camino en dos etapas. Cuento esto, porque fue este viaje el primer signo que yo recibí de lo débil que me había dejado todo el progreso de mi enfermedad, desde febrero hasta esta fecha. Me gusta mucho conducir y a la altura de Burgos tuve que pedir relevo, porque me sentía muy cansado. En condiciones normales, me hubiera hecho Madrid-París sin problemas. En este caso de los 1.800 Km que separan Madrid de Dusseldorf, no conduje más de 400.

Por supuesto que ya en la feria, también me di cuenta de la cantidad de limitaciones que tenía, a la hora de comer, por ejemplo, tenía muchas dificultades, no es lo mismo comer en casa, que en un restaurante, donde la elección es más limitada y menos apropiada para mi estado, en ese caso. Sin olvidar, ni mucho menos a la hora de hablar con todo el ruido que hay en una feria, era verdaderamente imposible. Y como era mucho el esfuerzo que tenía que hacer me cansaba muchísimo. No fue como yo la esperaba, así que la pasé como pude hasta mi regreso a España.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Sólo una semana.

En mi casa, me encontraba bastante bien, éramos muy estrictos con el tratamiento y con la alimentación, mediante la sonda naso gástrica. La fístula parecía haberse cerrado y tenía indicado la toma de un yogurt diario y la ingesta de agua por la boca. Y justo a la semana de estar en casa, de repente el viernes 7 por la mañana, sentía que me faltaba el aire para respirar, que me ahogaba. Salimos corriendo para el hospital, recuerdo que frente a la Casa de la Moneda, no sabía qué hacer, si bajarme en el coche o continuar, pero el aire llegaba cada vez más escaso a mis pulmones, me asfixiaba. Llegamos como pudimos a urgencias, e inmediatamente me pusieron oxígeno y cortisona, notaba el alivio casi de inmediato, llamaron a mi cirujano, decidiendo éste que me tenía que ingresar de nuevo. Eran signos evidentes de una neumonía, como así lo corroboraron las radiografías y debía quedarme. No me apetecía nada pasar un nuevo fin de semana hospitalizado, pero las circunstancias mandaban y no podía ser de otra manera.

Parecía haber también cierta intolerancia a la sonda, seguramente por su paso por la garganta, muy afectada por la operación. También tenía faringitis, así a los cinco días de ingresarme me proponen cambiar la sonda naso gástrica por una sonda gástrica. El inconveniente es que debido a la fístula, no me la pueden colocar mediante laparoscopia, sino que tenía que ser mediante cirugía, que incluso podría ser con anestesia local. Acepto y el día 12 de marzo entro nuevamente en el quirófano para la colocación de la sonda. Recuerdo perfectamente cuando me hicieron la “raja” en el estómago, se quemó el cirujano con el acido gástrico que salió hacia arriba, el caso es que yo con la anestesia local iba mal me dolía bastante y decidieron dormirme del todo, ya casi al final. De ésta tardé muy poco en recuperarme, aunque como me operaron también de noche, pasé toda la noche en la UCI, para por la mañana volver a planta.

He de contar que en esta ocasión me tocó de compañero de habitación un gitano. No voy a destacarlo por su condición de gitano, -daba gusto oír hablar a D. Antonio-, sino por las visitas que recibía. Allí iban a verle en pandillas, llegaban como mínimo de seis en seis, imaginaros una habitación tan pequeña, con los dos enfermos, los dos acompañantes, más los seis u ocho visitantes y yo tosiendo y bastante fastidiado aún. Ellos son así y toda la saga familiar estaba pendiente de su salud.

Para recuperar del todo mi sistema respiratorio de la neumonía, me pusieron una fisioterapeuta para enseñarme a toser expulsando las flemas y para fortalecer la capacidad de soplo, disminuida considerablemente a causa de la neumonía.

Pasaron diez días desde el ingreso y por fin el lunes 17 me dan de nuevo el alta para marcharme a mi casa, esta vez sin autorización para tomar nada, absolutamente nada por la boca, hasta estar completamente seguros del cierre del la fístula, que como mínimo tendría que pasar una cuarentena.

Entre tanto mi endocrino, me había programado la tercera sesión de Yodo Radiactivo para el día 7 de abril. Tuve que acudir corriendo también a su consulta para explicarle mi nuevo estado y ver si existía la posibilidad de que suministraran el Yodo en forma de líquido para poder tomarlo por la sonda gástrica. Medicina Nuclear nos confirmó que era posible, por tanto, por mi parte no puse ninguna objeción a ingresar estando aislado, puesto que yo era autosuficiente para poder estar en esas condiciones de aislamiento. Así que sin más, el día 7 de abril, fui ingresado nuevamente para esa dosis de Yodo Radiactivo.

lunes, 3 de agosto de 2009

Y pasaron diez días… y quince… y más.

A duras penas y sin notar una mejoría, pasaba el tiempo muy lentamente, pero así como el que no quiere la cosa, ya habían pasado diez días desde la operación primera. Mis venas estaban cada vez peor, ya había pocas zonas donde me pudieran pinchar. Cada vez que me tenían que cambiar la vía para la alimentación, era un verdadero problema, además de que era mucho tiempo alimentándome por vía venosa. Así que había llegado el momento de cambiar de alimentación, por tanto había que introducir una sonda naso gástrica hasta el estómago por la que me alimentaría en lo sucesivo.

Otra terrible experiencia para mi, era la primera vez que me ponían este tipo de sonda y lo pasé francamente mal, esto unido a que seguía con mi tos provocada por la fístula faríngea y que mis drenajes en el cuello seguían abiertos y drenando un pus exagerado, síntoma inequívoco de que la infección seguía sin remitir y por tanto las posibilidades de que la fístula cerrara, muy escasas.

Yo me encontraba cada día más cansado, no paraba de toser en todo el día ni en toda la noche, no dormía apenas. Me pasaba los días esperando mejorar algo más que el día anterior y por supuesto ni me planteaba irme a mi casa, ya me había comentado el cirujano, que con la fístula no me iban a dar el alta, que había que esperar a que se cerrara. Incluso me envió al otorrino, para conocer su opinión. No he comentado que en este hospital, el tiroides, no lo opera el otorrino, como por lo visto es lo habitual, no sé por qué, pero el caso es que no. Y claro, cuando me vio el otorrino, se llevó las manos a la cabeza al ver el estado y la magnitud de la fístula. Pero ya saben, por no criticar el trabajo de otro colega; nada, salvo que reconocer que la faena ya estaba hecha y que ahora era cuestión de tiempo, de no se sabe cuánto tiempo, pero mucho tiempo, digo mucho, porque en mi estado, sin parar de toser, se hacía muy largo y cualquier espacio de tiempo, me parecía una eternidad, aunque ya me hablaban de un mes más.

Pasaban los días y llegó un momento en que no podía más. Un día sobre las cuatro de la madrugada, cansado, abatido, de tanto toser y sin poder dormir. Sin poder entender que a principios del siglo XXI, mis compañeros inseparables tuvieran que ser por necesidad imperiosa una bolsa de plástico y un rollo de papel higiénico. Decidí que ya no aguantaba más y que me quería marchar, sin saber a dónde, pero quería salir de allí. Al no poder tragarme mi propia saliva, tenía que escupirla en el papel higiénico, y éste tirarlo en una bolsa de plástico y como el asunto era bastante frecuente, los tenía que tener conmigo a todas horas.

De ésta enfermera, si que diré su nombre: Maribel, estaba en el turno de noche y siempre vigilante a cualquier necesidad del enfermo, por su comportamiento, su actitud, su forma de hablar, es a eso, lo que decimos en lenguaje popular, que una persona tiene “ángel”, pues ella lo tenía. Me convenció que tenía que seguir allí, luchando por vivir. También lo siento por Antonio, mi compañero de habitación, al que le di unas noches poco deseables. La verdad es que me resultó muy duro. Al cabo del año, sin embargo, descubriría, que yo llevaba razón y que existe un espesante de la saliva, que a su vez evita que se salive tanto, esto me hubiera evitado estar tanto tiempo escupiendo sobre el papel higiénico, pero esto lo contaré en el capítulo correspondiente.

A duras penas llegué al uno de Marzo, que a pesar de ser sábado y puesto que ya estaba harto de estar en el hospital y aunque mi fístula no se había cerrado, mi cirujano se convenció que sería mejor estar en mi casa. Podría toser a gusto, medicarme igual de disciplinado, o más y por supuesto alimentarme con el preparado que me estaba alimentando y que podía conseguir en farmacias para inyectármelo por la sonda naso gástrica. Sin olvidar la cura diaria de los drenajes del cuello que aún tenía y que no me podían cerrar hasta el cierre de la famosa fístula. Así al final me dio el alta ese mismo sábado.

Me parecía mentira volver de nuevo a mi casa, no tenía esa sensación de estar curado, pero sí la de poder llevar mejor esa carga en mi hogar, junto a mi perrita “Lola”, de la que también hablaré de ella en su momento, porque por supuesto que ha sido una pieza clave en mi recuperación.

domingo, 2 de agosto de 2009

Entrar en el quirófano por segunda y por tercera vez.

Para alguien que no ha estado enfermo nunca, entrar en el quirófano por segunda vez acojona; sí, permítanme la vulgaridad, pero es la verdad. Pensar que te tienen que abrir de nuevo una zona tan delicada como el cuello, acojona bastante. Yo creo que no se piensa en la muerte, aunque en mi caso, francamente pensaba que de esa no salía. Mi reflexión era la siguiente: Si me tengo que morir, me moriré y contra morirme no puedo hacer nada, que no me permitan sufrir y punto. Creo que esto me ayudaba bastante a afrontar este momento tan difícil.

Ya en el quirófano y antes de que te duerman, lo que se siente es mucho frío, no sé porqué la temperatura de los quirófanos tiene que ser tan baja, te mueres de frío. Te hacen alguna pregunta tonta y antes de que te hayas dado cuenta, ya estás dormido.

Como si apenas hubiera pasado tiempo, me despierto un poco desorientado, pero enseguida empiezo a toser, cada vez toso con más fuerza; tanta, que me da miedo por si se me suelta algún punto. Se me acerca un médico y me dice que es el jefe de la UCI, que no entiende por qué toso tanto y que me va a dar algo para calmarme la tos. Me coloca una mascarilla con aerosol y toso más, me siento fatal, no encuentro la forma de calmar esa tos tan molesta. No recuerdo exactamente cuántas horas estuve en la UCI, lo que sí recuerdo es que no paraba de toser y no sabía por qué.

Me llevé otra sorpresa cuando me llevaron a la habitación, mi cama era la tercera; sí, como lo cuento, parece mentira, pero me habían llevado a una habitación de tres camas. Para más inri, mi cama estaba junto a la ventana; ventana que no se podía cerrar, debajo de esa ventana, un radiador al máximo, toda la temperatura posible que pueda dar un radiador, éste la daba y no se podía regular ni cerrar. A la media hora de estar en semejante sitio; lo predije, aquí cojo una pulmonía. Mi tos seguía sin clamarse, alimentado por vía venosa, como manda el protocolo, con buen aspecto, hasta que pasado el segundo día, notaba que yo empeoraba. La bolsa de drenaje que tenía bajo la herida del cuello empezaba a oler a “demonios”.

Mi ventana seguía sin poder cerrarse, (era el mes de febrero y la temperatura exterior era de 12/14º C), mi radiador sin poder regularse, todo el día calentando a más no poder. Los dos enfermos restantes con sus acompañantes y con sus visitas correspondientes, abriendo y cerrando la puerta, yo debajo de la ventana, hasta que efectivamente al quinto día de la operación; bingo, una enfermera, por fin me escucha, empiezo a tener fiebre y el bolsa del drenaje olía a podrido. Era sábado por la tarde, subió la doctora de guardia, excelente por cierto y planeó llevarme a quirófano en cuanto tuviera un hueco, sería a partir de las 12 de la noche. A esa hora, nuevamente al quirófano, abrir nuevamente la herida, limpiar y drenar todo para evitar una infección mayor, coser de nuevo, unas horas en la UCI y a planta. El mejor recuerdo que tengo al despertar de esta operación, es lo bien que respiraba, yo seguía con mi tos incesantemente, pero en ese despertar, tosía bastante menos y respiraba mucho mejor. También al subirme a planta, fueron más sensatos y me metieron en una habitación de dos camas. El lunes siguiente, cuando vino mi cirujano a verme, fue informado de la nueva intervención y del cambio de habitación. Y como la tos no remitía, sino que, al contrario empeoraba, fue entonces cuando yo fui informado de que al limpiarme la zona afectada del tumor, me había hecho una fístula faríngea, esto hacía que se comunicara la faringe con la tráquea, por tanto era la causa de la tos, mi propia saliva, me producía la tos y por supuesto no podía beber nada; ni agua. Cuanto menos líquido tragara, menos tosería. ¡Qué fácil!.


Nota:


Omito detalles y nombres tanto del hospital como de los doctores y personal sanitario que me atendieron, a propósito. La pretensión de esta historia no es la denuncia, sino la divulgación de mi experiencia personal frente a la enfermedad y sus complicaciones.

viernes, 31 de julio de 2009

2007 no acaba bien y 2008 empieza peor.

Ya en el mes de octubre, me tocaba cita con el endocrino; éste, que aunque la analítica me daba bien, es un profesional al que le gusta asegurarse del todo, me envió a hacerme una ecografía del cuello. En noviembre me la hice y los resultados no eran nada alentadores. Se veía un bulto que podía ser perfectamente una recidiva del tumor. Con estos resultados, decidió hacerme otra con extracción de líquido para ver exactamente la composición de las células, ésta me la hicieron muy rápido, pero con la fatalidad de que no me extrajeron suficiente líquido como para analizar su composición, aún así el Dr. pensaba que era una recidiva y que había que actuar cuanto antes, me comento que lo consultara con el cirujano, para conocer su opinión al respecto. El cirujano, al ver los resultados, me dijo que no me preocupara, que ese bulto podía ser muchas cosas, todo, menos una recidiva del tumor, que él estaba muy seguro de cómo me había operado en el 2006 y que prácticamente era imposible que ese tumor se reprodujera.

Creo que fue esta discrepancia, la que me hizo sufrir tanto unos meses después. El endocrino en desacuerdo con el cirujano, me hizo repetir la ecografía, ya en enero de 2008, el día 25. Y ahora sí que sacaron líquido suficiente y estaba muy claro que era una recidiva del tumor y como anteriormente había pasado, parece que desarrollaba muy rápido. Puesto al habla con el cirujano, ahora sí que se tomó en serio el tema y se puso a organizar todo para operarme lo más rápidamente posible, e hizo un hueco, supongo que sacando a otro, para el día 5 de febrero.

Me advierte el cirujano que tiene que limpiar muy bien todo el perímetro del tumor, visto el resultado de la primera operación y que es posible, aunque intentará evitarlo, que tenga que tocar el nervio recurrente del lado izquierdo y que por supuesto esto conlleva la paralización de la cuerda vocal del mismo lado, que podré seguir hablando, pero con una voz diferente a la que tenía, una ronquera característica, pero nada más. Me hago a la idea, incluso grabo un par de vídeos (para los íntimos), con el fin de tener un recuerdo de mi voz original y tranquilamente espero el día de la operación.

jueves, 30 de julio de 2009

Comienza 2007, con muy buenas expectativas.

Al principio de 2007, me encontraba perfectamente, con muchas ilusiones puestas en este año y dispuesto a olvidar mi operación en 2006 y mi sesión de Yodo Radiactivo.

Mi primer objetivo lo puse en una Feria Profesional que se celebraba en Febrero y que tenía que enfocar para que fuera un éxito, profesionalmente estaba viviendo la mejor época y tenía que aprovecharla y disfrutarla a la vez. Me puse a ello y así fue, una feria perfecta, tanto a nivel de resultados como de relaciones y contactos que en un futuro serían muy interesantes.

Ya en el mes de Abril de 2007, mi endocrino de acuerdo con el cirujano y el equipo de medicina nuclear, me propone una nueva dosis de Yodo Radiactivo. Acepto visto que es lo mejor y que debo continuar atacando los restos del tiroides que hayan podido quedar en mi cuerpo, preparan todo y a mediados de mayo recibo una nueva dosis. La verdad es que no me interfiere mucho en mi trabajo, solo son dos semanas, lo que me va a privar esto y después podré continuar como si nada. Después de esta dosis, acudo al rastreo sobre el 24 de mayo y aquí se ve que hay bastante captación aún en la zona del cuello y aunque no le dan demasiada importancia, sí que es un dato para seguir atentos a la evolución por si acaso. Yo entre tanto me encontraba perfectamente, con muchas ganas de vivir y en perfecto estado físico. Me alegró mucho que me pusieran el próximo control a mediados de septiembre, así me podría organizar mis vacaciones en agosto y resarcirme de las del año 2006 que obviamente no me pude coger por precaución, debido al poco tiempo que había transcurrido entre la operación y el periodo vacacional. Así que me organicé un viaje a Dornbirn Austria (muy cerca del lago Constanza), con mi mujer y mi perrita, en coche, para el mes de agosto. No voy a escribir del viaje en este blog, no es el sitio, aunque de paso sí que puedo decir que fue maravilloso y que recomiendo a todo el mundo, para los que nos gusta conducir, un precioso viaje.

En septiembre acudo a mi nueva revisión, el cirujano, después de una exploración y la consiguiente analítica y aunque se aprecia una ligera tiroiditis, no le da demasiada importancia y me indica que tengo que volver a revisión pasados seis meses. Por tanto sigo haciendo mi vida normal, sigo disfrutando de mi trabajo y mi éxito profesional como si nada. Me sigo encontrando en perfecta forma física, por tanto decido olvidarme de todo, celebrar que me encuentro así de bien y a vivir.

miércoles, 29 de julio de 2009

Sin base científica.

Es una hipótesis mía, que no he corroborado con ningún especialista en el tema, pero lo cierto es que según la biopsia de mi tumor, éste estaba formado por diversos nódulos en forma de racimo de uvas y que por la calcificación que presentaban algunos, parece ser que podían tener más unos 15 años.

Mi teoría es la siguiente: Puede que este tumor estuviera sujeto en su desarrollo por alguno de los componentes del tabaco; nicotina, alquitrán, o algún que otro de los venenos que lleva añadidos. Y que al dejar de fumar, la ausencia en el organismo de este componente, alterase el metabolismo y acelerase su desarrollo. Hay que tener en cuenta, que entre el día 4 de abril de 2006, que dejo de fumar y el 20 de junio del mismo año, fecha en que fui operado, transcurren poco más de dos meses y pasa de ser un ligero bulto que se aprecia solo con el tacto a medir 10 x 15 x 7 cm. Comprendo que me estoy haciendo muy pesado con esta teoría, la he comentado con todos los especialistas que me atienden, sin que ninguno de ellos le haya dado importancia, o bien lo ha considerado simple casualidad, pero el hecho está ahí y dudo mucho que sea casual.

¿Merecería la pena investigarlo?

martes, 28 de julio de 2009

Año 2006, el descubrimiento

Después de darle algunas vueltas, he decidido escribir y publicar la historia de mi cáncer. He visto algunas publicaciones al respecto y como ninguna historia es igual a otra, aunque puedan ser parecidas, he llegado a la conclusión de que debo hacerlo y que seguramente, como a mí me sucedió, si alguien se tropieza con ella, pueda servirle de alivio, o de esperanza.

La historia de mi cáncer comienza en la camilla de una fisioterapeuta; sí, así sin más. Un 18 de Abril de 2006, cuando recibía masajes cervicales para atenuar tensiones musculares, mi fisioterapeuta, palpa con sus dedos unos bultos en la zona del tiroides, por lo que me recomienda que acuda cuanto antes a mi médico y valore la situación. Yo no le di mucha importancia, me encontraba muy bien, incluso contento conmigo mismo, pues hacía dos semanas que había dejado de fumar y me sentía muy orgulloso de haberlo dejado sin ninguna ayuda, solo con mi fuerza de voluntad.

El caso es que pasado el puente de mayo, acudí a mi médico, que sin darle demasiada importancia también, me envió al endocrino, especialista que si que le dio la importancia que tenía y que rápidamente me envió al cirujano. Ya en la consulta del cirujano, me tranquilicé bastante con las explicaciones que me daba, por el aspecto parecía un simple nódulo sin importancia. Preparó todo para operarme y extirparme el nódulo en cuestión, que se había convertido ya en un gran bulto (10 x 15 x 7 cm). Y el 20 de Junio fui intervenido quirúrgicamente, me extirparon el nódulo, junto a la totalidad del tiroides y a los cinco días fui dado de alta. No hubo ninguna complicación, todo fue a la perfección, salvo que al no tener glándula tiroides, estaba condenado a tomar una pastillita diaria para sustituir la hormona tiroidea.

Mi cuello 12 días antes de la operación

Fue a los quince días, cuando fui a la consulta del cirujano, tenía la Anatomía Patológica en su poder y fui informado de que ese bulto, había resultado ser un Carcinoma Folicular de Tiroides de células claras. A mí, carcinoma me sonaba a cáncer, pero creo que hasta los médicos tienen miedo a pronunciar la “palabra maldita”. Lo pregunté, ¿cáncer?, sí cáncer, pero puede estar tranquilo, ya me informaron que hay cuatro tipos de cáncer de tiroides y aunque el mío no era el más benigno, si que era el segundo más benigno en el ranking. Esto ante una enfermedad como el cáncer, os prometo que tranquiliza bastante. Total que nada, después de esto, unas dosis de Yodo Radiactivo, y quedará eliminado por completo de mi cuerpo.


El 28 de Agosto de 2006, recibo mi primera dosis de Yodo 131, con buena tolerancia, aunque por otro lado, dura experiencia. Aislado en una habitación, sin poder recibir visitas, ni a nadie, excepto la persona de medicina nuclear que me realiza las mediciones diarias, para controlar la radiactividad que va eliminando mi cuerpo. No recibo el alta hasta el viernes, día en que dejo de ser una amenaza radiactiva para con las personas, aunque debo mantener algunas precauciones de distancia como 10 días más.

Acudo de nuevo a revisión en diciembre de 2006, donde todo está bien, yo me encuentro bien, por tanto puedo pasar una navidad normal, con la familia y prácticamente olvidado de mi cáncer.